A lo largo de este tiempo, he sido testigo de cómo cada práctica, cada taller y cada exploración ha moldeado mi camino como artista y como ser humano. La danza, en su forma más pura y auténtica, ha sido mi vehículo de descubrimiento. No solo un espacio donde el movimiento cobra vida, sino donde mi cuerpo, mis emociones y mi mente se han encontrado para formar una unidad.
El trabajo con Contact Improvisation me abrió las puertas a la improvisación, al encuentro genuino con el otro y a la posibilidad de crear en el momento, sin expectativas. Aprendí a escuchar mi cuerpo, a dejarme llevar por lo que emerge, sin aferrarme a formas preestablecidas. Este enfoque me enseñó a confiar en el proceso, a entender que el cuerpo no es solo un instrumento técnico, sino un lugar de comunicación constante, tanto conmigo misma como con quienes comparto el espacio.
El taller con Silvia Citro y el concepto de los mutantes profundizaron aún más mi comprensión de la danza como un proceso dinámico y transformador. La idea de que el movimiento puede nacer del imaginario, que tiene la capacidad de cambiar y mutar, me hizo pensar en cómo mi práctica artística está en constante evolución. Ya no veo mi cuerpo como algo rígido, sino como un organismo vivo, que se reinventa con cada respiración, con cada impulso, con cada contacto.
El partnering, por otro lado, me enseñó la importancia de la relación, de cómo el movimiento se amplifica y se enriquece cuando se comparte. Aunque la estructura de este trabajo es más definida que en la improvisación, aprendí que las formas preestablecidas no limitan la creatividad, sino que ofrecen un marco dentro del cual puedo experimentar, transformar y conectar con los demás. El balanceo, por ejemplo, se convirtió en una herramienta clave para sentir y compartir peso, energía y dirección, algo que ahora incorporo constantemente en mi práctica.
Cada uno de estos elementos se ha integrado de manera única en mi danza y en mi ser como artista. Hoy, siento que mi arte no es solo una serie de movimientos; es una forma de estar presente, de comunicar sin palabras, de explorar lo desconocido y de transformar lo cotidiano en algo extraordinario. La danza se ha convertido en una herramienta de autoconocimiento, de expansión y de conexión. Me doy cuenta de que cada vez que danzo, no solo estoy creando, sino también aprendiendo sobre mí misma, sobre el otro y sobre el mundo que me rodea.
Este proceso de exploración y crecimiento ha sido fundamental para mi desarrollo artístico. Me ha permitido entender que la danza no es solo una técnica, sino una forma de ser, de sentir, de expresar. Hoy, mi práctica es más que nunca una extensión de mi ser, una forma de integrarme con el entorno y con los otros, una forma de contar mi historia y de crear nuevas realidades.
Somática
El cuento que he tejido a lo largo de este proceso de trabajo somático se ha convertido en algo mucho más profundo de lo que inicialmente imaginé. Comencé con la intención de explorar y comprender el movimiento de una manera más consciente, pero descubrí que lo que realmente estaba buscando era una liberación interna, una transformación que solo podía suceder cuando me permití sentir completamente, sin restricciones ni juicios.
Al conectar con las sensaciones y emociones que emergían en mi cuerpo, pude acceder a un espacio que antes no había explorado de manera tan abierta. Cada movimiento, cada pausa, cada respiración fue una oportunidad para soltar, para liberar, para dar lugar a lo que estaba oculto. La danza somática no fue solo una práctica técnica; fue un acto de sanación, de liberación emocional y de autocomprensión. Fue en esos momentos de movimiento libre y consciente donde pude conectar con partes de mí que estaban guardadas, reprimidas o simplemente olvidadas. Al soltar esas tensiones, no solo liberé mi cuerpo, sino también mi mente y mi espíritu.
Lo que comenzó como una técnica de expresión corporal se transformó en un proceso de integración total, donde mis emociones dejaron de ser algo separado del movimiento y se fusionaron con él. Sentí cómo cada emoción, cada recuerdo, cada sensación se reflejaba en el cuerpo y cómo al moverme, esas energías comenzaban a circular, liberándose, dándome un espacio para respirar de nuevo, para ser más completa.
Este viaje de autodescubrimiento y liberación me ha mostrado que el movimiento no es solo una forma de arte, sino una herramienta poderosa para entenderme, para sanar y para crecer. Al permitirme vivir las sensaciones sin bloqueos, al escuchar mi cuerpo sin juicios, aprendí que el movimiento somático es una puerta abierta a nuevas posibilidades. Me enseñó que las emociones no deben ser reprimidas, sino que pueden ser procesadas a través de la acción, de la expresión, de la danza.
Hoy, al cerrar este capítulo, puedo decir con certeza que el trabajo somático me ha transformado. No solo he aprendido a moverme de una manera más fluida y consciente, sino que también he aprendido a escucharme, a aceptar mis emociones y a darles un espacio dentro de mi cuerpo. Este proceso de liberación ha sido liberador no solo para mi cuerpo, sino también para mi alma.